La dictadura del victimismo y la charlatanería

Transcripción de parte de las palabras de Axel Kaiser, entrevistado por Nuria Richart y Domingo Soriano en el programa Economía para quedarse sin amigos del día 2020-06-10, a partir del minuto 17:

Ese componente de fragilización de las nuevas generaciones, que son tremendamente exigentes en términos de todo, básicamente, pero de que no se hiera sus sentimientos, si a eso tú le sumas […] estas ideologías del victimismo que están instalándose en las universidades, como el feminismo, la teoría de género, todos los discursos anticolonialistas, el discurso de la esclavitud, en caso de Estados Unidos muy fuertemente, de los afroamericanos, no con una visión objetiva histórica, sino con una posición totalmente tribal, irracional, que lo que hace es articular a unos grupos de manera de presentarse como víctimas de la opresión de otros… Bueno, si tú sumas todo eso tienes el cóctel perfecto para un clima totalitario, intolerante y tremendamente destructivo, y es una de las razones que explica esta «emocracia», ¿no? Ya no tenemos democracia sino que temenos «emocracia», la democracia de las emociones (yo hablo de eso en el libro [La neoinquisición]), en que la mera subjetividad, tus meros sentimientos son el criterio, el único parámetro válido para juzgar la discusión pública y lo que se puede o no se puede plantear. Y cuando tú tienes que la mera subjetividad es la medida de todo, tú destruiste la base de la democracia, porque la base de la democracia es el diálogo racional, y el diálogo racional es aquel basado en las reglas de la evidencia y la lógica, no de los sentimientos subjetivos de alguna persona o de algún grupo de personas, que por ser subjetivos no tienen por qué tener un anclaje en la realidad más allá de, digamos, el mundo interior de cada uno, ¿no es cierto? Entonces, yo me puedo sentir el rey del universo; eso no significa que sea el rey del universo; o me puedo creer el rey de España y no por eso voy a ser el rey de España. Sin embargo estamos llegando al absurdo, hoy en día, en que personas, pertenecientes a determinados grupos, señalan ser esclavizadas. […]

[…] la única forma de resolver los problemas de la vida en común […] es con un aprecio por la verdad, aunque duela. La verdad es más importante que la sensibilidad de cualquiera de nosotros, porque la verdad es finalmente el único camino que permite, insisto, resolver los problemas de la vida en común, y esa es la base de la democracia. Si en una democracia no tenemos una discusión racional, es decir, apuntando a descubrir la verdad en el debate, con la evidencia, con la lógica, en fin, con los instrumentos que tenemos a disposición, ¿cómo vamos a hacernos cargo de los problemas de la vida en común? La única manera va a terminar siendo con quién es más violento y quién tiene más fuerza y quién se puede imponer sobre el otro, que es lo que está ocurriendo con la «neoinquisición», como la llamo yo, con estas ideologías del victimismo, la cultura del victimismo, en la cual gritando, organizando protestas violentas, censurando la expresión de tal lista de académicos o de artistas, tú consigues básicamente imponer tu visión por la fuerza a todos los demás, y ahora cada vez más a través de la ley, porque la democracia está siendo secuestrada por estas minorías exaltadas, ¿no es cierto?, que han contagiado el clima social con su, yo diría, hasta cierto punto, visión patológica de la realidad.

[…] la empatía […] es muy importante en la vida humana, pero siempre tiene un anclaje en una verdad objetiva. Tú puedes empatizar con una persona que tuvo una pérdida tremenda, por ejemplo se le murió un familiar, un hijo, algo así. Tú puedes empatizar con eso. Pero tú no puedes empatizar con una persona que, por ejemplo, […] se le murió una mascota, […] entiendes que el umbral de dolor es distinto […] que cuando perdiste un hijo. Es por poner un ejemplo, ¿no? Hemos llevado la empatía a niveles patológicos.

Y lamentablemente la gente se autocensura, los medios de prensa se autocensuran, los académicos se están autocensurando. Ya no se atreven ni siquiera a publicar el resultado de investigaciones científicas, por el miedo a que les destruyan su carrera, a que los persigan, por amenazas de muerte.

Entonces, francamente, estamos llegando a un punto en que también está colapsando el Estado de derecho, porque no hay ninguna manera de que el Estado projeta tu libertad de expresión, incluso a veces tu derecho a la vida […].

[…] una vez que se establece el principio […] de que tú puedes silenciar a otro bajo el argumento de que lo que te dicen es ofensivo, no hay ninguna razón para que no se creen todos los incentivos a personas de distintos sectores y grupos e intenten utilizar el mismo recurso para acallar a los demás. Y lo cierto, la verdad, es que no nos debería importar ofender a otros demasiado, es decir, si es que estamos hablando de manera respetuosa. Por supuesto hay reglas de civilidad que hay que mantener, pero si estamos hablando lo que nos parece verdad o expresando nuestro punto de vista de manera respetuosa, no nos debería importar ofender a otro, porque si ese fuera el criterio para lo que se dice y lo que no se dice, que es cada vez más, nadie podría decir absolutamente nada.

[…] la mera subjetividad tú la puedes fraccionar hasta una mínima expresión, entonces cada persona puede sentirse ofendida por todo el mundo, y con todo el resto, y eso se está utilizando de pretexto. Porque ser víctima, en la sociedad en la que estamos viviendo en Occidente, es el nuevo estatus social, es la nueva etiqueta de ser cool, digamos, o sea eres víctima y eres especial: todo el mundo te mira, te considera, salen los políticos a hablar de ti, a tratar de mostrar que son empáticos, te toman de ejemplo, te dan cuotas, te dan beneficios, te dan subsidios, te dan dinero, te hacen leyes a tu medida… […] en una civilización que está siendo destruida por la culpa, porque ese es el problema de fondo de Occidente, es la culpa, la culpa nos está destruyendo […]. Y la culpa, que es la contracara de lo que estoy hablando, predomina en todo el orden social como el principio rector del debate, de cómo pensamos acerca de nosotros mismos, vas a tener por otro lado gente que se está intentando aprovechar de esa culpa, diciendo: «bueno, yo estoy aquí, soy una víctima, ustedes son los culpables, por lo tanto reparen el daño que me han hecho», y eso es muy beneficioso. […] en el minuto en que dejan de presentarse como víctimas pierden todas sus ventajas, pierden su estatus, pierden su consideración de ser especiales, pierden la atención de todo el mundo, pierden los beneficios, pierden las cuotas, pierden todo.

[…] hay un aprovechamiento de todo esto para obtener beneficios, cuotas… Y los catedráticos de la universidades son el mejor ejemplo, porque los gobiernos financian todas estas cátedras, que son inútiles, y, francamente, cuando uno entra a ver lo que son las humanidades hoy en día, especialmente estudios de género y cosas por el estilo, son pura charlatanería. […] Tengo el caso citado, tres académicos norteamericanos, de centro-izquierda, enviaron decenas de papers […] a revistas académicas de prestigio […], se los publicaron todos y decían cosas absurdas, pero ridículas, como, por ejemplo, hacían estudios sobre la cultura de la violación en los perros de un parque […] en una ciudad de los Estados Unidos, como si hubiera una cultura patriarcal de la violación entre los perros, una cosa así, cosas ridículas. Y les publicaban este tipo de artículos. Yo lo tengo todo citado en mi libro. Y fue un escándalo gigantesco, porque demostró una vez más que todo lo que se ha venido a llamar estos estudios […] sociales, de género, feministas […], una serie de cosas, es, basicamente, es puro activismo, no tiene nada de ciencia, no tiene nada de rigurosidad académica, absolutamente nada, nulo. […] Es una charlatanería, es una estupidez tras otra lo que dicen en esos textos, en un lenguaje además oscuro, difícil de entender. Es un culto, es una especie de religión. Y de eso viven cientos, miles de académicos que le infectan la mente a sus alumnos con este tipo de, podíamos llamarlas, ideologías totalitarias, completamente infundadas. Y de ahí estamos sufriendo los efectos. Eso está teniendo un impacto. Sobre todo yo creo que Occidente está siendo arruinado fundamentalmente por sus universidades, por los académicos de las humanidades que hoy en día predominan. Tengo los datos, además, en Estados Unidos, cómo ha variado la composición ideológica en los últimos treinta años en Estados Unidos en las universidades, desde gente de más de centro, de centro-derecha, a una izquierda cada vez más radical, en porcentaje, y es impresionante, cómo ha cambiado el escenario ideológico. Y no hay diversidad en las universidades. Tienes la «diversidad» étnica, de género, de identidad sexual, todo lo que quieras, pero todos piensan igual. Esa es la diversidad que ellos celebran: no puede haber diferencias de opinión en las universidades. Y mucho está pasando también en los medios de comunicación, en muchas partes. […] porque obviamente ellos generan […] lo que llaman las cámaras de eco, donde todos piensan igual y al que piense distinto lo destruyen. Y a eso la única alternativa que hay es crear nuevas instituciones, nuevos medios, donde estén las voces disidentes, porque en los medios tradicionales, en las universidades tradicionales ya es imposible. Tienes que tener think-tanks paralelos […], si no no puedes hacer tú frente a esta hegemonía totalmente dictatorial que se ha instalado, y que persigue incluso a los académicos que algún minuto la endosaron y después ya tienen reparos con ella.